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Yo, acosado, pero no víctima.

Sufrir acoso no tiene por qué convertir al niño en víctima.

En cierta ocasión escuché a alguien decir que todos habíamos acosado o sido acosados en algún momento de nuestra vida. Creo que una cosa es sufrir el acoso en mayor o menor medida y otra muy diferente es convertirse en víctima como parte de nuestro ser.

Todos somos víctimas de algo en algún momento de nuestra vida. Creo que es importante ayudar a los chicos a salir airosos de esas situaciones sin que se apeguen a la idea del victimismo.

Como es un tema delicado, he decidido hablar en primera persona y, como es una experiencia personal mí, espero que a nadie le parezca mal que la haga publica ni que exprese mi opinión sobre lo que “ese chico” necesitó en su momento.

Yo, acosado, pero no víctima.

Un tejado gris oscuro. Eso es lo que veía cuando me sentaba en la parte exterior de la ventana de mi habitación y pensaba ¿Me tiro? Podría tener 10 o 16 años, no lo sé con certeza. Pero sí recuerdo pensar que tres pisos podrían no ser suficiente y que ese tejado sólo amortiguaría el golpe.

En aquel momento era mi alternativa para no ir al colegio al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Recuerdo la sensación más que los momentos concretos.

Recuerdo la sensación de no encajar, de ser diferente. Recuerdo pensar que yo le había transmitido a Fito aquello de “no digo diferente, digo raro”, porque así me sentía. Fuera de lugar, fuera del presente, fuera del grupo y rechazado. Me sentía no aceptado y recuerdo la imperiosa necesidad de integrarme.

Han pasado más de 30 años y desde hace tiempo tengo claro que lo que necesité en aquella época no era que me salvaran del acoso, o lo que ahora llaman bullyingEse niño necesitaba que lo salvaran de si mismo, de sus pensamientos.

Ese niño que se planteaba la posibilidad de no tener un mañana, no necesitaba la intervención de un profesor para que lo dejaran en paz. Ese niño, ahora lo sé, necesitaba una persona con quien hablar para que le ayudara a comprender y tomar responsabilidad.

Ese niño no habló con otra persona que le ayudara a observar con otros ojos y reinterpretar la realidad. No salió del bosque para ver los árboles y, en la penumbra de su propia interpretación, sufrió.

Porque cuando uno piensa sólo, se reafirma en sus conclusiones y si éstas son dañinas, los siguientes pensamientos serán peores.

Recuerdo haber pedido un poco de ayuda, pero no recuerdo que intervinieran. No me extraña, porque tampoco había mucho que hacer. Y, en cierta forma, lo agradezco. Porque no necesitaba que alguien impidiera el comportamiento de ciertos compañeros, lo que necesitaba era pensar mejor sobre lo que estaba sucediendo.

Yo tenía en mí todo lo que necesitaba para dejar de sufrir, pero no lo vi. Aquel niño no habló con alguien que le ayudara a sacar de dentro sus recursos para resolver la situación.

Treinta años después, después de ser niño, hijo, padre, profesional y coach; entiendo que pocas personas podrían ayudarme porque sólo yo tenía la clave.

Ahora veo a los adultos que intentan ayudar a los niños en diferentes momentos de su vida y observo lo complicado que debe ser conseguirlo sin usurpar su autonomía.

Creo que tratar al niño como víctima no es suficiente. Protegerlo, darle cobijo, comprensión y arropo creo que no es suficiente. Incluso creo que puede ser contraproducente.

Creo que intervenir en el comportamiento de los otros también puede quedarse corto.

Porque ambas estrategias olvidan lo más importante: la persona. No el niño, sino la persona. La que es y la que será. El niño presente y el futuro adulto. Eso es, para mí, la persona.

No digo que no se deban hacer estas cosas, ni que centrarte sólo en la persona sea lo correcto. Sobre todo, no digo que una receta sirva para todas las situaciones, eso jamás. Lo que sí digo, es que no debemos olvidar a la persona.

La persona es el niño que está viviendo esa situación y que una vez resuelto el problema puntual, seguirá viviendo consigo mismo día a día. Es aquel que crecerá, conocerá a más gente y se desarrollará en nuevos contextos. La persona es la que sigue pensando en silencio cuando se acuesta. Es quien crecerá con unos pensamientos de limitación o de desarrollo, es quien utilizará la experiencia para generar convicciones limitantes o poderosas.

Es quien se sentirá salvado o protagonista.

Aquel niño que hace 30 años se planteó pararlo todo, sólo necesitaba pensar mejor.

Ahora hay muchos profesionales que pueden ayudar a un niño a pensar mejor, de forma más útil. Y no me refiero a profesiones, me refiero a profesionales. Porque en la misma profesión hay muchas formas de hacer las cosas.

Es importante darle al niño la oportunidad de salir por sí mismo, comenzando por identificar qué está pasando de verdad, cómo quiere interpretarlo, qué parte de responsabilidad tiene y cómo puede salir de esa situación con nuevas herramientas que le hagan una persona más fuerte y capaz. Para esto existen métodos y herramientas que algunos psicólogos, coaches, asesores, profesores y tutores conocen.

Hay métodos que permiten a la persona encontrar sus respuestas y conseguir una interpretación útil que le sirva de apoyo para salir de esa situación, crecer y ser más dueño de lo que suceda en el futuro. 

En situaciones de acoso, no olvidemos a la persona que hay dentro del niño y que algún día será un adulto. Ayudémosle a ser fuerte y capaz, no víctima.

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